
Robertito no fue lo que podríamos llamar un “niño deseado”.
Producto de un amor furtivo en una larga cola del ANSES; ya a los 2 años y medio le preguntó a su madre por su ausente progenitor por primera vez.
En esa ocasión, lo único que obtuvo como respuesa fue:
“que se yo nene… había tanta gente!”
Hasta los 4 años su madre casi no le había dirigido la palabra, por lo cual a Robertito le costaba recordar su nombre, que débilmente memorizaba gracias a los saludos esporádicos del portero.
Fue entonces que su madre lo inscribió en el jardín de infantes “El sapito pedófilo” en donde se olvidó de ir a buscarlo a la salida del primer día de clases.
El segundo y el tercer día ocurrió lo mismo, y ya para el fin de semana la directora del jardín la había amenazado con denunciarla a un juez de menores y pretendía cobrarle la cuenta de los remises de envío del niño.
En los años que siguieron la madre intentó una y otra vez deshacerse de Robertito, yendo desde el abandono sistemático en cumpleaños de amiguitos hasta el intento desesperado de dejarlo en un taxi que había tomado por pocas cuadras, argumentando que “este nene no es mío, ya estaba en el auto cuando yo subí!”
El último y homicida intento de esta desbordada madre fue el resultante del presente testimonio, que por suerte fue interceptado por un guardia de seguridad del zoo cuando la señora pretendía arrojar al niño disfrazado de Koala (el disfraz de cebra estaba alquilado) a la fosa de los leones con una catapulta improvisada con una tabla de subeybaja un cuadro de bicicleta y dos cámaras de auto.
La mujer terminó en el Moyano y Robertito por suerte adoptado por Bergara Leumann, quien luego de los análisis de ADN resultó ser su padre biológico que lo observaba desde las sombras como el corredor enmascarado a Meteoro.
Hoy día lo cría como a un angelito mas de su botica y Robertito se la pasa todo el día en bolas con unas alitas hechas de alambre y papel de barrilete.