
Para Fabio Pertusi todo comenzó en una calurosa tarde de Diciembre de 1978, cuando festejaba su cumpleaños “en pelotas” con familiares y amiguitos.
A la hora de la ceremonia del apagado de las velitas, su personalidad vanguardista lo impulsó a hacerlo de una forma diferente.
Ante los ojos asombrados de los presentes, Fabio con sus recién cumplidos 18 añitos sopló las velas no con su boca, sino con su culo.
La llamarada producida fué de tal magnitud, que hubo que lamentar el incendio de la cortina del comedor y de la abuela de Fabio, a quien todos sistemáticamente se negaron a apagar con la gaseosa, aduciendo que todavía tenían sed.
Mas allá del accidente, Fabio descubríó que tenía un peculiar talento.
A partir de allí un mundo de posibilidades se abrió frente a él.
Al poco tiempo comenzó a ganarse la vida como barredor e incinerador de hojas secas en las plazas de varios barrios porteños. Podía vérselo por esos días de otoño, desnudo de la cintura para abajo y con un encendedor en la mano; feliz de ganarse la vida con un trabajo distinto al de su padre, que robaba billeteras en el la línea B del subterráneo.
Luego descubrió que podia prescindir del poder inflamable de sus flatos y se dedicó a utilizar solo su potencia. Allí fué que consiguió trabajo como aireador del tanque de las orcas en Mundo Marino.
Por ese entonces comenzaba a interesarse por el sexo opuesto (ya tenía 26 añitos) y esta inusual habilidad como podemos ver en la imágen, también le sirvió como arma de seducción en mas de una oportunidad.
Al poco tiempo vino la gloria, luego de aparecer en Showmatch, en los 30 segundos de fama, en donde desplazaba un piano de cola a los pedos por un trayecto de 5 metros. En esa ocasión murió un camarógrafo aplastado por el piano, que al tener rueditas se transformó en un bólido incontrolable dentro del estudio.
A partir de su aparición en TV la gente lo reconocía por la calle, le pedía autografos en el colectivo y hasta le atribuían poderes curativos paranormales.
Como usualmente sucede en estos casos, la fama no fué buena consejera.
A continuación se sucedieron los excesos y finalmente el descontrol.
Consumía dulce de leche en cantidades industriales para asegurar una explosiva fermentación en sus intestinos. Con el tiempo se había vuelto adicto.
Los gases recorrían todo su cuerpo, llegando a formarle burbujas en la sangre, lo cual lo llevó a estar internado al borde de la muerte en mas de una ocasión.
El ocaso de su profesión lo encontró mórbidamente obeso, animando fiestas de 15 años.
La rutina era simple y pesimamente paga; entraba a la fiesta sentado de cabeza en una silla de ruedas, soplaba las velas con el ojete y se iba mientras los mozos apagaban a los invitados siniestrados.
El pobre terminó actuando por un plato de comida.
En un intento por relanzar su carrera comenzó a ensayar una ambiciosa performance para las olimpíadas de Beijing 2008, en las que encendería la antorcha olímpica con un zippo y un solo y preciso pedo.
Lamentablemente en los ensayos, por causa del exceso de gas retenido, combinado con el consumo de alcohol y un error de cálculos con el zippo (ya no poseía la agilidad de antaño), Fabio encontró un triste final al explotar cual piñata de cumpleaños.
La noticia de su muerte apenas tuvo difusión, ya que coincidió con una nueva internación de Maradona, en este caso por su adicción al jabón en polvo.
Todavía se pueden ver los restos de Fabio pegados en el techo de un galpón abandonado en la estación Sáenz Peña.